El mal en las relaciones humanas tiene muchas causas, desde el egoísmo más básico, hasta la maldad más pura.

El ser humano es individual a la par que social. Esta sociabilidad humana se encuentra regida por normas intrínsecas y extrínsecas, tanto morales como culturales y legislativas. Toda relación debería estar regida por la «idea del bien común”, pero lamentablemente esto no es así. En todos los estamentos de relaciones entre seres humanos, en sus distintas formas, podemos ver manifestado el mal, desde en países en guerra hasta entre amigos que se traicionan.

El mal en las relaciones humanas tiene muchas causas, desde el egoísmo más básico, hasta la maldad más pura. El mal, bien puede haber sido impulsado por la ignorancia o tan solo por gente que no tiene más recursos a la hora de gestionar sus relaciones con otras personas. Sea cual sea la causa, como resultado del mal infligido contra otro, nace lo que conocemos como ofensa.

La ofensa se da cuando uno de aquellos que forma parte de la relación social, en cualquiera de sus formas, se siente atacado, despreciado, humillado, o etc… en lo más esencial de su dignidad humana. La otra cara de la moneda es ofender, que es la acción que uno hace contra otro, y que va en contra del “bien común”, del acuerdo intrínseco o extrínseco de la sociabilidad o del sentido común y de la razón humana más elevada.

En la sociedad, en muchas ocasiones, se ha normalizado el hecho de que las relaciones estén subyugadas al mal personal de sus integrantes. Esto podría parecer lo cotidiano y propio de toda sociabilidad, pero aun siendo una realidad innegable no podemos conformarnos con ella como si fuera la única posibilidad. Nunca el hombre que aspira a una mayor conciencia y evolución humana puede conformarse con que la verdadera amistad y las relaciones virtuosas sean una excepción.

En consecuencia con lo dicho, no podemos negar que es una realidad que el mal existe y se da entre los seres humanos. El bien es transgredido en las relaciones sociales, y una vez que esto ocurre, uno pasa a ser el responsable de la ofensa y otro a sentirse víctima de ello. ¿Qué ocurre con la ofensa?

Bien, en algunas ocasiones el responsable de la ofensa, al ver las verdaderas consecuencias de su acción, comprende que ha calculado mal las mismas y se arrepiente. Pero también puede darse el caso de que este se reitere con orgullo en su maldad de manera tajante y crea que no debe arrepentirse de nada.

A su vez, la víctima de la ofensa se encuentra en una diatriba entre perdonar sin la necesidad del arrepentimiento del ofensor, esperar a que él le pida perdón y evaluar si el arrepentimiento parece sincero, o sencillamente elegir no perdonar. En la medida en que las motivaciones del responsable de la ofensa parezcan más justificables y comprensibles, el perdón se hará más fácil. Pero si la víctima no encuentra explicación para la ofensa, el perdón entra en otra dimensión donde no puede ser de ninguna manera un acto mecánico.